David Cano Martinez,
Socio de Afi y director general de Afi Inversiones Globales, SGIIC
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A principios de año, el consenso apuntaba a que la Fed recortaría tipos dos o tres veces en 2026 y que el BCE, tras completar su ciclo bajista, se mantendría “en pausa” en el 2,0% . Seis meses después, el cuadro es el opuesto. El BCE ha subido tipos —y apunta a alguna subida adicional— mientras que la Fed ha descartado los recortes. El tramo corto de las curvas ha repuntado con fuerza tanto en EUR como en USD. Un nuevo fallo de previsión, tanto de los economistas como de los mercados financieros… ¿y también de la IA? ¿Lo habría hecho mejor la IA anticipando el alza de 50 pb de los tipos de interés a 2 años del EUR y de 75 pb del USD? En mi opinión, la respuesta corta es “no”. Los modelos de lenguaje, entrenados sobre el consenso, tienden a reproducirlo. Y si el consenso falla, la IA falla con él —y probablemente con más aplomo, que es casi peor (sobre todo porque a la IA le vamos a exigir que no falle).

El detonante del movimiento inesperado de la curva se encuentra en el precio del petróleo. Desde principios de febrero, cuando comenzó a contemplarse un ataque de EE.UU. a Irán, el barril inició una escalada que se prolongó hasta mediados de mayo, momento en el que el mercado empezó a descontar un acuerdo para la reapertura del estrecho de Ormuz. Ese episodio, que nadie había incorporado en sus modelos de principios de año, provocó un repunte de la inflación del orden de un punto porcentual. Suficiente para cambiar el discurso de los bancos centrales.

El alza de tipos del BCE merece una reflexión adicional. Se produce en un contexto de crecimiento débil en la zona euro, lo que la hace más discutible que en el caso de la Fed. Ahora bien, el tipo de partida era relativamente reducido y, sobre todo, el BCE parece querer exhibir cierta independencia respecto a los gobiernos en un momento en el que las presiones fiscales son crecientes. No es un argumento menor: la credibilidad de un banco central se construye precisamente en los momentos incómodos.
En EE.UU., el capítulo más interesante de estos meses ha sido la salida de Powell de la presidencia de la Fed (que no del FOMC). Las presiones de Trump para que bajara los tipos fueron notorias y persistentes. Powell resistió. Y la llegada de Warsh con un perfil claramente menos acomodaticio —incluso se ha llegado a hablar de una posible subida en diciembre— paradójicamente ha dejado a Powell en una posición excelente: la historia dirá que mantuvo el criterio bajo presión política. No es poca cosa.
Warsh trae, además, una nueva filosofía de comunicación que merece atención. Frente a los años de máxima transparencia —comparecencias frecuentes, publicación de actas detalladas, proliferación de intervenciones de los miembros del FOMC— parece que entramos en una etapa en la que se quiere "escuchar menos" a la Fed. Incluso el dot plot, esa herramienta que ha permitido al mercado anticipar la senda de tipos, podría estar en cuestión.
Es cierto que instrumentos como el forward guidance resultaron útiles entre 2014 y 2020, cuando los tipos ya estaban en cero y había que actuar sobre el tramo largo de la curva. En el entorno actual, con tipos en niveles más normalizados, esa necesidad es menor. Pero hay una diferencia importante entre ganar flexibilidad decisional y optar por el oscurantismo. Escribí hace tiempo que "ya no se lleva sorprender a los mercados financieros": la tendencia de los últimos años ha sido precisamente la contraria, anticipar los movimientos para que su transmisión sea gradual y eficaz. Los mercados financieros han ganado peso como canal de transmisión de la política monetaria frente al canal bancario tradicional. Sorprenderles no sería solo un cambio de estilo; sería un error de política económica.
Confiemos en que la menor frecuencia de comunicación responda al deseo de Warsh de no atarse de manos, de preservar la flexibilidad necesaria para mover los tipos cuando el momento lo requiera. Sería comprensible, e incluso recomendable. Lo que sería una mala noticia es que inaugurase una etapa de opacidad frente a economistas e inversores. Los mercados financieros han ganado peso como canal de transmisión de la política monetaria: cuanto mejor anticipen las decisiones de la Fed, más gradual y eficaz será su impacto.